Los niños y los animales

Nos sorprendemos muchísimo, cuando observamos a un niño, o una niña, montar a grandes equinos con soltura y sin ningún tipo de miedo, en absoluta desproporción de tamaño y cómo el caballo responde con tanto cariño y suavidad a sus requerimientos.

Por el contrario, algunos niños sienten mucho miedo ante perros, incluso de poca altura, y no hay manera de convencerlos que el perro no le hará daño.

Pues ellos lo saben mejor, porque captan a través de las vibraciones, que el caballo, a pesar de su tamaño, es herbívoro y pacífico, su principal defensa es la huida que tan solo va emprender, cuando siente un peligro. De la misma manera, los niños perciben la condición de depredador del perro, que potencialmente puede dañar con sus afilados dientes en caso de peligro.

Los adultos ya no perciben esta “conversación” entre niño y animal y se asombran ante el valor o la “ingenuidad “del niño gateando por debajo del caballo, porque ya no se acuerdan de la habilidad con la cual llegamos al mundo: nacemos bien conectados con las frecuencias universales.

A medida que aprendemos el lenguaje racional humano, vamos perdiendo esta habilidad de comunicación vibracional, la percepción del campo Punto Cero (Véase también: Lynn McTaggart, El Campo), o lo que comúnmente se entiende como intuición.

Un componente muy importante del lenguaje de los animales es la comunicación a través de vibraciones, una facultad que los seres humanos han “desaprendido” a utilizar. En el año 1989, sin embargo, aparecieron frecuencias en la tierra y métodos energéticos que permiten a las personas recuperar esta conexión con el campo Punto Cero, y en consecuencia también con los animales.

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